Caminos a la felicidad

El día de hoy, en una de nuestras oficinas en Polanco, estuve sentado algunas horas en completa soledad, debido a que por alguna u otra razón se cancelaron tres reuniones que tenía pendiente en aquella oficina, que solo se utiliza para reuniones especiales; no obstante, el día de hoy aquello no sucedió.

Sin embargo, agradezco esta situación, debido a que por primera vez en mucho tiempo tuve tiempo de sentarme a reflexionar en la profundidad de mis propios pensamientos, algo que ya había olvidado cuánto apreciaba y cuánta paz puede dar el nadar en los mares eternos de nuestra mente, sin ser interrumpidos por la mundanidad que nos rodea y que generalmente hace esclavos de nosotros los hombres y mujeres en la carrera de la supervivencia.

Al entrar en aquella catedral mental, cuyas campanas no sonaban desde hacía mucho tiempo, vi una extraña proyección de lo que hasta entonces ha sido mi vida y pude ver de manera concreta y palpable el porque de todo aquello que hasta hoy ha conformado mi vida.

Debo decir que mi vida hasta el día de hoy ha sido en términos generales una muy feliz y plena, en la mayoría de los planos que conforman la peregrinación humana por el mundo.

Sin embargo, no digo esto debido a que en mi vida todo ha sido eventos y circunstancias positivas ni beneficiarias, sino porque he aprendido a encontrar mi felicidad en la felicidad ajena, así como en la mía, algo que algunas veces y para algunas personas podría parecer un poco difícil de lograr; sin embargo, no lo es tanto y simplemente uno debe de tener metas de esa naturaleza para poder llegar ahí.

He descubierto que el camino a la felicidad cuando se hace de una manera adecuada puede ser un camino muy interesante y ameno, ya que el camino a la felicidad es tan solo otra palabra para referirnos a la vida, debido a que el objetivo de todos los seres humanos, ya sea de manera egoísta o compartida, es el alcanzar la felicidad y la plenitud.

Si uno se dirige a la ventana de cualquier lugar que de a un lugar publico descubrirá que el mundo exterior es uno lleno de actividad y movimiento , actividad y movimiento que siempre son conducidos y dirigidos hacia la conquista de la felicidad.

Todos se mueven y actúan para alcanzar algo que cause placer o felicidad, es decir, que el santo y el ladrón tienen algo en común, esto es, que las labores que conllevan, por muy opuestas que sean, tienen la misma finalidad, que es el encuentro íntimo con la felicidad, no importando que uno lo encuentre en el servicio a Dios y el otro en apropiarse los bienes ajenos.

No obstante, debemos de saber que vivimos en un mundo donde la ley de acción y reacción siempre aplica y lo que damos es lo que recibiremos, siendo esto lo que conformará el estado de nuestro último suspiro antes de partir.