Celebrando el cumpleaños de la abuela

El último cumpleaños que pasamos con mi abuelita fue el mejor de todos. A veces pienso que sólo esperaba una celebración así para poder irse de este mundo, y así lo hizo cuatro meses después. La siguiente historia vino a mi mente debido a la nostalgia de estas fechas, y se me ocurrió que era un buen momento para contárselas y espero sirva para que ustedes también disfruten de sus seres queridos mientras estén con vida, pues es lo que todos nos llevaremos a la tumba, el amor recibido por la gente que nos rodea.

Decidimos que el cumpleaños 82 de mi abuela sería épico, en esta ocasión fuimos los nietos que ya trabajábamos los que decidimos reunirnos y planearlo todo, incluso nosotros pagaríamos, para no involucrar a nuestros padres. Queríamos que la fiesta fuera muy diferente a los años anteriores, donde ya se estaba volviendo monótona y a veces veíamos que mi viejita ya no lo disfrutaba tanto como antes. Así que platicamos las opciones con las que nos gustaría sorprenderla y pusimos manos a la obra. Todo estaba listo, un primo y yo llevamos a la abuela de compras, para que eligiera algún vestido, falda o blusas que le gustaran y pudiera usarlas ese día. Mientras, el resto de los primos se quedó en casa organizando todo y recibiendo los servicios que habíamos requerido.

Al regresar ya todo estaba listo, la familia reunida y al entrar a la casa, mi abuelita se sorprendió de lo que estaba viendo. Lo primero que nos recibió fue el aroma a guisados, pues contratamos un servicio de taquizas para eventos y comenzamos a degustar los manjares que habían preparado, al tiempo que amenizaba una marimba con canciones. Las marimbas son uno de los instrumentos que más disfrutaba escuchar mi abuelita, así que pudo comer sabroso y escuchar a aquellos músicos que nos sorprendieron tocando todas y cada una de las melodías que pedía mi viejita. Pero ese sólo era el inicio, pues antes de la gran sorpresa, un payaso llegó para hacernos reír. Yo soy un amante de los payasos, me encanta la alegría que irradian al mundo, y ese gusto lo heredé de mi abuela, quien también goza con ver a los payasos, pues creo que su padre se dedicó un tiempo al circo y le trajo buenos recuerdos. Jamás la había visto reír tanto, incluso temí porque le fuera a ganar y se orinara en su lugar. Pero no ocurrió; sin embargo, fue un pensamiento sumamente gracioso.

La hora llegó y era tiempo del evento principal, el cual nos costó mucho trabajo y dinero conseguir. Un mariachi entró tocando y cantando las mañanitas para mi linda viejita. Cuando terminaron, el que parecía ser el líder de la agrupación preguntó si estábamos listos para ver un fantasma. Muchos se quedaron con cara de ‘what?’ pero se unieron a mí y gritaron que sí. Entonces entró un imitador de Pedro Infante, que era igualito al ídolo de mi abuelita y cantaba idéntico. Canto todo el repertorio del ya fallecido actor y cantante y mi abuela no dejó de cantar ni un solo momento. Cuatro meses después, nosotros estábamos despidiendo a mi abuela con las mismas canciones.