Estaba en el lugar y momento equivocados

Todas nuestras decisiones tienen consecuencias y hay que aprender a vivir con ellas. Esta es una lección que bien podríamos aprender escuchando a nuestros padres, familiares, maestros o mayores que saben de lo que hablan, pero decidimos que el destino sea quien nos enseñe, aunque sea de una manera dolorosa y con heridas que tardarán toda una vida por cerrar. Así nos pasó a mi amigo Humberto y a mí, quienes estábamos en el lugar y momento equivocado.

Estábamos en tercer año de secundaria cuando una mañana a él se le ocurrió que era uno de esos días en el que no merecíamos ir de pinta. Me negué y nos fuimos directo al salón, donde nos avisaron que el profesor iba retrasado, así que sentados en esos pupitres compartidos, donde había una mesa y dos sillas, nos volteamos a ver y creímos que era la señal para irnos de la escuela y ya no volver. Así que tomamos nuestras cosas y nos escabullimos con dirección hacia la diversión. No sabíamos a dónde íbamos a ir, pero sí que no queríamos tomar clases ese día. Era mi primera vez que me iba de pinta, sabía que si mis padres se enteraban me regañarían, pero estaba dispuesto a aceptarlo, siempre debe haber una primera vez para todo.

Reíamos y hacíamos chiste de camino a un billar que se encontraba a unas cuadras de la escuela, pero al llegar vimos que estaba cerrado, por lo que a mi amigo se le ocurrió que podríamos comprar cervezas y tomárnoslas en un parque que estaba tres cuadras más adelante. Bebimos un par de cervezas mientras jugábamos con nuestras cartas de Yu-Gi-Oh, cuando de pronto vimos que dos jóvenes se reunieron detrás de un árbol y comenzaron a intercambiar cosas. Eran bolsas, por lo que imaginamos que era alguna compra-venta de droga, y decidimos irnos sin hacer mucho ruido, pero fuimos descubiertos. Los dos jóvenes se nos acercaron y nos dijeron que nosotros no habíamos visto nada, asentimos y tratamos de irnos, pero uno de ellos estaba muy nervioso y opinó que debía matarnos o golpearnos para no hablar, pues tenía una reputación que cuidar.

Quien supongo era el vendedor le dijo que se tranquilizara y nos preguntó si habíamos entendido que no debe salir nada de nuestras bocas, asentimos nuevamente, más rápido cuando nos mostró que tenía una pistola en su cinturón. El joven nervioso sucumbió ante la presión y le sacó el arma, pero antes de poder apuntarnos hubo un forcejeo y después un par de disparos. Estuvimos en el lugar y momento equivocados ese día.

Una de las balas se incrustó en la rodilla de mi amigo y la otra rebotó en el suelo de piedra y no sé cómo terminó incrustada en su ojo. Los jóvenes salieron corriendo al ver la escena digna de una película policíaca, donde mi amigo estaba tirado sobre un charco de sangre. Al final perdió su ojo y su pierna, pues tuvo una infección, y por una decisión de adolescentes combinada con ciertos factores, vivirá con cicatrices que tardaran una vida o más en cerrar.